viernes, 3 de febrero de 2012

Incredulidad de Santo Tomás. Caravaggio



TOCAR LA RESURRECCIÓN
Sobre el lienzo de la “Incredulidad de Santo Tomás” de Caravaggio

En este tiempo litúrgico, esta pintura del barroco italiano
muestra la imagen de un Dios compasivo que, frente a nuestra debilidad, nos ofrece cada Pascua el costado abierto de su Hijo para que podamos hundir en él nuestros dedos. Con ello nos certifica la veracidad de su amor por el hombre y la certeza de la Resurrección.


Una pintura religiosa muy peculiar

La representación realista es una clave de la pintura de Caravaggio, así como la elección de modelos populares, pero su auténtica aportación consiste en aplicar este planteamiento a las escenas de la Historia Sagrada, conformando un discurso teológico novedoso.

Su ausencia de convencionalismos, las sospechas de faltas al decoro, y el desinterés por situar la obra en su contexto histórico eran algunas de las acusaciones de los críticos de su tiempo. Sin embargo, hoy son precisamente esos rasgos los que hacen su pintura religiosa atemporal y eterna, moderna en sus concepciones y extraordinariamente expresiva.

La supuesta “irreverencia” de Michelangelo Merisi (apodado “Caravaggio” por su lugar de nacimiento) consistía en atreverse a pintar a una mujer vulgar muerta para representar a la Virgen  en su “Dormición”, o en vestir a los apóstoles con atuendos barrocos, además de la práctica de un realismo que algunos consideraban inadecuado por excesivo.

Pero a pesar de los recelos de sus contemporáneos, Caravaggio nunca trasgredía la normativa religiosa o teológica; el factor disonante lo constituía más bien el lenguaje que el artista empleaba.

Sin embargo, aquí estribaba su mayor logro, porque mientras que la Historia Sagrada permaneciera en un mundo de modelos idealizados, actitudes nobles y retórica elevada, la capacidad transformadora de la realidad inherente al cristianismo quedaba en un segundo plano.

Lo cierto es que Michelangelo conoció a través de su padre (un alto funcionario de la corte de Caravaggio), todo el círculo intelectual próximo al humanismo propiciado por Sixto V y a la Reforma católica. Entre estas familias de protectores se encontraban los Borromeo. De hecho, Caravaggio fue aprendiz del pintor predilecto de San Carlos Borromeo, y gracias a él se familiarizó con los postulados de la Reforma tridentina.

Caravaggio volvió del revés el pietismo de la época para centrarse en los pecadores y los desgraciados, quizá porque su personalidad difícil y su vida controvertida y trágica le hacían más fácil la identificación con estos modelos. También puede intuirse una segunda razón que reside en el contacto del pintor con el entorno de S. Felipe Neri y los oratonianos (congregación religiosa suscitada por él y aún viva), quienes desatendían protocolos eclesiásticos para volcarse en su vocación por los desheredados.

Aún más debió influenciarle la herencia de S. Carlos Borromeo, quien planteaba la Pasión de Jesús como un misterio que está sucediendo en la vida diaria a cada instante, como configuración mítica, pero reveladora del propio existir. La salvación se ganaba  cada minuto, y por lo tanto, reflexionar sobre un tema de las Sagradas Escrituras no era pura especulación, sino algo que actuaba sobre el propio presente.

La escena


         Este lienzo, que se encuentra en el Neues Palais de Postdam, destaca por su esencialidad. Dejando el fondo oscuro y vacío, el pintor enfatiza la presencia de los personajes, cuyos rostros y atuendos revelan la preferencia evangélica por los desposeídos.

         Resulta muy interesante el estudio de la iluminación. En este óleo, la luz funciona como un espacio autónomo, como un personaje más, y como tiempo, pues introduce el ritmo narrativo.

         La luz caravaggiesca simboliza siempre la presencia de lo sobrenatural, de lo divino, de acuerdo con la metafísica de la luz de Platón o S. Agustín: Dios es la luz.

         La escena ilustra con gran verismo la narración de Jn 20, 24-29, mostrando el momento en que Tomás introduce su dedo en la llaga del costado de Cristo. Un hecho que podría parecer prosaico, constituye la mayor prueba física del reconocimiento de Cristo, la definitiva demostración de su regreso desde el reino de los muertos.

El pintor ejecuta una composición que converge en la llaga, de tal modo que la atención de los personajes del lienzo y la de los espectadores se ve irremisiblemente atraída por esta prueba física.

         Por medio del dedo de Tomás, el espectador toca el costado de Cristo. Su herida es al mismo tiempo el punto sensible del cuadro y el elemento que cristaliza el sentido profundo del tema.

         El habitual naturalismo descarnado de Caravaggio se vuelve aquí casi de sentido científico: la luz fría cae en fogonazos irregulares sobre las figuras, iluminando el cuerpo de Cristo con un tono macilento, que le hace aparecer como un cadáver, envuelto aún en el sudario (no es una túnica).

         La forma de pintarlo no deja lugar a dudas de que Jesús ha estado en el reino de los muertos, y que a pesar de ello, ha vuelto.

         Por otra parte, es impresionante el realismo con el que el artista retrata a Tomás, con la frente y el cuello en tensión ante la comprobación del milagro. La ropa raída y la tosquedad de los rostros desvelan un discurso teológico muy concreto, centrado en los humildes.


Una incredulidad legítima


Limitándonos a una interpretación superficial, podría parecer que este relato evangélico de la incredulidad de Tomás le ha hecho un flaco favor a la imagen del Santo, quien aparece con una actitud de  desconfianza y recelo; tras un análisis más profundo se desvela que la intención de la narración hay que entenderla en clave catequética: predicar la fe ciega,  la confianza absoluta en la promesa de salvación.

         Sin embargo, hay que advertir que la petición de Tomás de meter el dedo en la llaga es absolutamente legítima. El no estaba allí cuando apareció Cristo resucitado. El no había sido testigo de la Resurrección... y necesitaba tocarla.

         Esa es también mi experiencia pascual, y creo que la de muchos cristianos; que a pesar de haber visto tantas veces aparecer a Cristo en nuestras vidas, necesitamos cada Pascua que vuelva a hacerse presente su Resurrección, que nos permita tocar sus llagas en la Eucaristía.

         Por eso Dios se hizo carne, para poder ofrecernos un cuerpo palpable, para que la fe no fuese una abstracción sino fruto de la presencia de un Cristo histórico, corpóreo.

De forma sutil, el óleo refleja que la duda no es exclusiva de Tomás, y lo evidencia presentando a dos apóstoles que se acercan descaradamente para verificar “la prueba”, como si ellos también necesitaran cerciorarse.

         El Cristo de Caravaggio también parece asumir con comprensión la actitud del Santo, porque El mismo coge la mano de Tomás para dirigirla al costado herido. Es como si quisiera acompañarlo, y también a nosotros, en un hallazgo que escapa a la capacidad humana de comprensión.

Resulta muy revelador que la prueba que Cristo presenta de su Resurrección es una referencia a la Cruz. Así, la prueba de la crucifixión se convierte en la prueba de la Resurrección.

         No en vano la Pascua es un misterio que une muerte y vida. Ese es el motivo de nuestra alegría, celebramos que, a pesar de conocer nuestras dudas y nuestras muertes diarias, Cristo mismo toma nuestra mano y la conduce hasta hendirla en su cuerpo llagado, para hacernos descubrir que la muerte está vencida.


Revista Primer Día 26. Abril 2002


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